I
El anochecer tiene
todo de romántico. De erótico. De sexuado. De bienvenida y de despedida.
Es el tiempo muerto
del día. En pausa. Suspendido en mi ventana. El porvenir. Que nunca viene y que
siempre está llegando. O mejor, ¡Nada de eso! Es pasado y futuro juntos. Esta
pausa, que me regala mi ventana, es la eternidad en un espacio de tiempo. Es el
deseo anhelado. Es el amor más cuerdo.
Y aunque estamos
hechos de carne y hueso, pienso que también lo estamos de sonidos y de
silencios.
Determinados por
los compases que marcan el ritmo y pentagramas que nos sostienen.
Sin duda, la música
es otra forma del amor. Es otra forma de hacerlo. Es como alcanzarlo con todo
el cuerpo y con toda el alma. Al menos, por un ratito nomás.
Son las 23:30hs y
el chino de enfrente baja la persiana como todos los días y todas las noches.
El sonido del tren
San Martín, como es costumbre, ya bajó el volumen de su frecuencia.
Las palomas,
duermen. Mañana, levantarán con el día.
A través, de mi ventana,
veo que hoy llovizna. Y el viento, aquí arriba, siempre golpea un poco en el
vidrio.
En el edificio,
circundan los sonidos característicos.
Se oyen las
"llaveadas" típicas de los últimos vecinos que arriban. Algún ladrido
del perro que les espera. El gatito del "G". Los ascensores y sus
puertas. Algunos que sacamos la basura. -esa sí, que es la puerta más molesta
de todas, ja! Esa que da a la escalera, en donde se encuentran los
canastos y que parece el lugar de las
escondidas.
Por último, el sonido
de mi heladera, mi gata y algunos autos de la calle, ponen fin al día.
La rutina, no es
más que la repetición de sucesos que perseguimos. Pero qué sucede cuando el
significante, de aquella descripción sobre dichos hábitos, cobra otro sentido,
nos atraviesa y nos mueve de lugar.
Bueno, así es la
vida después de todo.
Entonces pienso que
los espacios físicos que uno transita, en simultáneo, también los camina y
habita en la memoria. Y este, es justo el interjuego político, que privado y
público, me interesa comprender sobre las cosas y las formas, en un recorte de
tiempo y de espacio determinado. Que lejos de sernos inútil e indiferente, nos
transforma y resignifica.