Determinado por el dolor de la partida, decidió salir de la casa sin mirar atrás. Se puso las manos en los bolsillos e iba investigando con sus dedos el submundo del pantalón: un par de caramelos de vieja data, un boleto de colectivo y un billete de cinco pesos envuelto de tal manera que lo protegía de alguna mano ajena. Siguió caminando y sin querer se vio sumergido en un trayecto casi intransitable que en sus épocas doradas sirvió como atajo para aquellos vendedores ambulantes que aquejaban a las madres, a tal punto de obligarlas a comprar “sin compromiso”. Hoy sólo es chatarra y oscuridad, y aun así decidió pasar por ahí, a pesar de su incurable fobia a la noche; la tenue luz de luna no le podía adelantar la desembocadura de ese trayecto. Más allá de la negrura una pobre lumbre se reflejaba a cada paso que daba, su respiración se volvía inconsistente y pequeñas gotas de sudor comenzaban a brotar de su frente. Apuró el paso, temiendo a quié...